La manera en la que pienso y hablo transforma profundamente mis relaciones y vida interior.
Tengo claro que la palabra tiene poder. Y sé también que el corazón necesita estar en paz para poder hablar con sabiduría.
Pero ¿cómo lograrlo en un mundo tan agitado, tan ruidoso, tan reactivo?
La respuesta, creo yo, está en algo muy simple: pensar con calma y hablar con respeto.
Vivo rodeado de ruido. Opiniones que vuelan, discusiones que estallan por cualquier cosa, personas que gritan más de lo que escuchan. ¿Y qué pasa conmigo? Me contagio.
Pero yo: ¿cuántas veces me he arrepentido por hablar sin pensar? ¿Por reaccionar con ira en lugar comprensión? Si… me ha pasado, pero puedo cambiar.
Pensar con calma es un acto de humildad. Es reconocer que no todo lo sé, que no siempre tengo la razón, y que es mejor detenerme un momento antes de juzgar.
Hablar con respeto, entonces, es una forma concreta de amar. Es escuchar de verdad. Es usar las palabras como puentes, no como piedras. Es decidir que la paz vale más que tener la última palabra.
¿Cuántas veces en mi familia, en el trabajo, en la comunidad, habría evitado heridas si hubiera pensado primero, si hubiera hablado con caridad?
Y ¿cuántas veces he sentido la alegría de un diálogo sincero, donde hubo espacio para el perdón, para el entendimiento, para la verdad dicha con ternura?
Debo cuidar el modo en que hablo, porque cada palabra puede ser una semilla del Reino o una piedra en el camino. Cada conversación es una oportunidad para dialogar y hacer presente el amor de Dios.
A diario me propongo que: la próxima vez que sienta la tentación de reaccionar con ira o con impaciencia, voy a hacer una pausa, respiro y oro . Recordando que soy hijo de Dios, y que mis palabras deben reflejar su luz.
Pido al Espíritu Santo el don del discernimiento, la paciencia para pensar con calma, y la gracia de hablar con respeto, con la sabiduría que viene de lo alto.
Así que, con la ayuda de Dios, antes de reaccionar, voy a elegir pensar con calma. Teniendo presente que: “Una respuesta amable calma la furia, una palabra hiriente hace que aumente la cólera.” (Prov 15,1)
Señor Jesús, tú que eres la Palabra viva del Padre, enséñame a pensar con calma, a detenerme antes de juzgar, a mirar con los ojos de la compasión y no con los del orgullo o la prisa.
Dame un corazón dócil, capaz de escuchar y de comprender antes que discutir.
Ayúdame a recordar que cada persona merece ser tratada con respeto y ternura.
Purifica mis palabras, para que no hieran ni dividan, sino que sanen, edifiquen y consuelen.
Hazme sembrador de paz en cada conversación, testigo de tu amor en cada diálogo.
Espíritu Santo, ven a habitar en mis pensamientos
y a guiar mis palabras. Que mi vida sea reflejo
de tu sabiduría, de tu paciencia, y de tu infinita misericordia.
Lee, medita, ora y comparte
P. Óscar
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