Por: Edward Pérez
*Ensayo*
La sociedad moderna, en su interacción con el proceso democrático, parece estar atrapada en un ciclo recurrente de fervor y desilusión.
Este fenómeno puede dividirse claramente en dos etapas que reflejan una profunda dicotomía entre el idealismo político temporal y la realidad cívica sostenida. Este ensayo examinará cómo la intensidad de la campaña (Etapa Uno) disuelve temporalmente el sentido colectivo y cómo su posterior ausencia (Etapa Dos) genera una ola de arrepentimiento social.
En el preámbulo de los arrepentimientos, el primero es el mío, porque soy de un partido que ofreció cambio, a un país que gritaba a los cuatros vientos… pero, somos iguales o peores que los que estaban antes.
La Etapa Uno, la de la efervescencia electoral, se caracteriza por una amnesia cívica inducida por el espectáculo.
En este periodo, las necesidades sociales estructurales, la salud pública, la educación, la seguridad, pasan a un segundo plano ante el drama de la contienda política.
Los votantes, bombardeados por discursos simplistas y polarizados, son seducidos por la promesa de la solución rápida encarnada en una figura carismática.
El sentido colectivo se pierde no por malicia, sino por un mecanismo de defensa psicológico: es más fácil depositar la esperanza y la responsabilidad en un salvador que enfrentar la complejidad de los problemas sociales de manera colaborativa.
En la euforia de la batalla, la lealtad al partido o al candidato se convierte en el fin supremo, y el diálogo constructivo sobre las carencias sociales es reemplazado por la diatriba y la descalificación del adversario.
Se olvida que la sociedad es un cuerpo con necesidades permanentes, centrándose exclusivamente en el acto temporal de elegir su cabeza.
Contrastando radicalmente, la Etapa Dos irrumpe con el silencio del día después: el arrepentimiento colectivo. Una vez que la maquinaria electoral se detiene y la retórica se desvanece, la sociedad se enfrenta a la cruda realidad de que las promesas mágicas no se materializan. Es en este vacío poselectoral donde las necesidades sociales olvidadas resurgen con urgencia: los hospitales siguen saturados, la infraestructura sigue deteriorada y la desigualdad persiste.
El arrepentimiento colectivo no es solo una crítica al líder electo, sino una dolorosa autocrítica sobre la ingenuidad y la falta de discernimiento demostrada durante la campaña.
Los individuos, que se habían desentendido de su rol fiscalizador, vuelven a lamentar las consecuencias de su pasividad o su voto impulsivo. Este sentimiento de arrepentimiento es la prueba de que el sentido colectivo nunca desapareció por completo, sino que fue temporalmente suprimido por la adrenalina del evento político.
En conclusión, la sociedad oscila entre la seducción del espectáculo político y la dureza de la gobernanza. La Etapa Uno representa una rendición colectiva a la simplificación y el drama; la Etapa Dos, un doloroso despertar a la complejidad y la responsabilidad. Escapar de este ciclo de amnesia y arrepentimiento exige una madurez democrática constante. La clave no reside en la esperanza momentánea. (Deleite Efímero), sino en el escepticismo permanente y en priorizar la vigilancia cívica continua sobre la participación esporádica dictada por el calendario electoral. Solo cuando el interés por las necesidades sociales persista con la misma intensidad después de la campaña que durante ella, este ciclo podrá romperse.
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